Finalista
en el II Concurso Literario de Relato Breve Paperblanks
El
último día de reformas de la oficina, un chico de mantenimiento halló
el clip perdido en el suelo del despacho. Lo cogió y lo metió dentro de
una caja, en el primer cajón de la mesa, junto a otros clips que se
arremolinaron, inquietos. Clips que soñaron con ser los primeros en
salir del arcón que los aprisionaba, como si de un féretro se tratase.
Arrojados dentro del cajón, mezclados con dos gomas de borrar, rotas
por el uso, varias grapas sueltas y oxidadas, un paquete de post-it
amarillo y doblado por las puntas y una regla de veinte centímetros de
largo.
La oficina era un enjambre de útiles modernos y mal
avenidos. Así la impresora siempre andaba a la greña con la
estilográfica de oro, que la abandonaron arrinconada dentro de su
estuche y que solo la usaban para firmar cheques.
«A mí solamente me utilizan para rubricar documentos importantes» se
jactó en una ocasión ante una impresora corroída por la envidia.
«Sí, pero yo soy quién lleno los folios de tinta y
hago que esta oficina funcione» replicó.
La lámpara del techo no soportaba la presencia del
flexo, un luminoso y plateado aplique clavado en la pared y que
alumbraba con certera puntería el monitor.
«Poca luz para tanta bombilla» criticaba, ante la
sonrisa del flexo que se sabía útil y necesario.
Las gomas de borrar llevaban su particular guerra con un engreído
tippex al que recargaban cada semana y el pegamento de tubo se
enganchaba cada dos por tres con el pegamento de barra.
«Pegajoso» gritaba uno.
«Pringado» respondía el otro.
Todos los clips de la caja, eran metálicos y
relucían al zarandearlos en el cajón, chillando con una sonoridad
llamativa, a excepción del recién llegado que vestía con una funda de
plástico entre rojo y granate y que enmudecía, queriendo pasar
desapercibido. Era un proscrito salido de no se sabía donde;
seguramente se cayó de alguna carpeta cuando alguien arrastró algún
grupo de papeles hasta su maletín. El chico que lo encontró en el
suelo, lo mezcló junto a los otros, sin percatarse de que era distinto
en el color; aunque no en la forma.
Los primeros días abrían y cerraban el cajón dando
enormes portazos que desbarajustaban todos los útiles y los cambiaban
constantemente de sitio. Los dedos que escarbaban dentro cogían a los
más relucientes, apartando al clip recién llegado. Algunas veces
sacaban a uno de los nuevos de su enclaustramiento y luego lo retorcían
hasta partirlo por la mitad, tirándolo a la basura de inmediato. Otras,
tenían que aprisionar tantos folios a la vez, que terminaban por
doblarse y se quedaban gordos y fofos. Y en las periódicas limpiezas
sacaban de la caja a los oxidados y los tiraban, ya que, según decían,
no servían para nada y además manchaban las blancas hojas donde se
sujetaban.
El trajín de la oficina siguió durante muchos años y
renovaron las gomas de borrar, el pegamento, los folios y hasta
cambiaron varias bombillas, pero el clip nuevo, ataviado con un traje
entre rojo y granate siguió allí, sumergido en ese cajón que se
convirtió en su morada de por vida: nadie se atrevió a tocarlo,
seguramente porque era diferente.
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