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El clip (08.04.2025)

Finalista en el II Concurso Literario de Relato Breve Paperblanks

    El último día de reformas de la oficina, un chico de mantenimiento halló el clip perdido en el suelo del despacho. Lo cogió y lo metió dentro de una caja, en el primer cajón de la mesa, junto a otros clips que se arremolinaron, inquietos. Clips que soñaron con ser los primeros en salir del arcón que los aprisionaba, como si de un féretro se tratase. Arrojados dentro del cajón, mezclados con dos gomas de borrar, rotas por el uso, varias grapas sueltas y oxidadas, un paquete de post-it amarillo y doblado por las puntas y una regla de veinte centímetros de largo.
    La oficina era un enjambre de útiles modernos y mal avenidos. Así la impresora siempre andaba a la greña con la estilográfica de oro, que la abandonaron arrinconada dentro de su estuche y que solo la usaban para firmar cheques.

    «A mí solamente me utilizan para rubricar documentos importantes» se jactó en una ocasión ante una impresora corroída por la envidia.
    «Sí, pero yo soy quién lleno los folios de tinta y hago que esta oficina funcione» replicó.
    La lámpara del techo no soportaba la presencia del flexo, un luminoso y plateado aplique clavado en la pared y que alumbraba con certera puntería el monitor.
    «Poca luz para tanta bombilla» criticaba, ante la sonrisa del flexo que se sabía útil y necesario.

    Las gomas de borrar llevaban su particular guerra con un engreído tippex al que recargaban cada semana y el pegamento de tubo se enganchaba cada dos por tres con el pegamento de barra.
    «Pegajoso» gritaba uno.
    «Pringado» respondía el otro.
    Todos los clips de la caja, eran metálicos y relucían al zarandearlos en el cajón, chillando con una sonoridad llamativa, a excepción del recién llegado que vestía con una funda de plástico entre rojo y granate y que enmudecía, queriendo pasar desapercibido. Era un proscrito salido de no se sabía donde; seguramente se cayó de alguna carpeta cuando alguien arrastró algún grupo de papeles hasta su maletín. El chico que lo encontró en el suelo, lo mezcló junto a los otros, sin percatarse de que era distinto en el color; aunque no en la forma.
    Los primeros días abrían y cerraban el cajón dando enormes portazos que desbarajustaban todos los útiles y los cambiaban constantemente de sitio. Los dedos que escarbaban dentro cogían a los más relucientes, apartando al clip recién llegado. Algunas veces sacaban a uno de los nuevos de su enclaustramiento y luego lo retorcían hasta partirlo por la mitad, tirándolo a la basura de inmediato. Otras, tenían que aprisionar tantos folios a la vez, que terminaban por doblarse y se quedaban gordos y fofos. Y en las periódicas limpiezas sacaban de la caja a los oxidados y los tiraban, ya que, según decían, no servían para nada y además manchaban las blancas hojas donde se sujetaban.
    El trajín de la oficina siguió durante muchos años y renovaron las gomas de borrar, el pegamento, los folios y hasta cambiaron varias bombillas, pero el clip nuevo, ataviado con un traje entre rojo y granate siguió allí, sumergido en ese cajón que se convirtió en su morada de por vida: nadie se atrevió a tocarlo, seguramente porque era diferente.