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Anaranjado (22.05.2025)


    Premio en el VIII Concurso Literario de Relato Corto Ciudad de Caspe

    El viejo Miguel llegó a casa, como cada día, cuando el campanario de la iglesia próxima tocaba las nueve. Ya había anochecido hacía un buen rato y una leve corriente de aire recorría las columnas del patio de acceso a su bloque. Era un edificio viejo, deslucido, con un permanente olor a humedad. En el seto de la entrada corretearon inquietos los cinco gatos que esperaban su regreso, como agua de mayo. No se preocupó Miguel por los nombres. Blanco, Negro, Gris, Naranja y Canela.
    Naranja fue, desde siempre, su preferido. Era un gato menudo, más pequeño de la edad que debía tener. De ojos brillantes y patas cortas, le costaba saltar más que a los otros por encima de los setos. Los cinco custodiaban al viejo Miguel desde la acera hasta que se perdía en la puerta del vestíbulo. Después se quedaban fuera maullando, o llorando, como bien dijo él en más de una ocasión.

    Miguel tenía sesenta y ocho años y una jubilación más que merecida. Desde que enviudó que su vida se tornó oscura y frágil y deambulaba las mañanas por la calle en compañía de amigos de su edad con los que jugaba a la petanca y a las cartas. Y las tardes las pasaba en la biblioteca municipal donde practicaba su gran pasión: la lectura. Desde hacía dos años que siempre era el último en salir de la biblioteca, cuando ésta cerraba poco antes de la nueve de la noche, y desde allí se iba directo a casa donde le esperaba la televisión, un plato de sopa y el dulce sueño que siempre lo abstraía de la rutinaria realidad diaria.
    El verano anterior llegó hasta el portal del bloque una gata blanca y negra, similar a una vaca pequeña, con vivaracha mirada y voz melosa, según pudieron comprobar los vecinos con los cánticos de la gata buscando novio. Esas baladas nocturnas atrajeron a un altanero minino gris perlado que rondó a la gata hasta que entre los dos concedieron a los cinco gatos que cobijó bajo el seto de su bloque el viejo Miguel.
   
Durante el invierno siguiente, Blanco, Negro, Gris, Naranja y Canela fueron la única familia del abuelo. Pensó, en más de una ocasión, llevarse a casa a alguno de ellos, sobre todo Naranja, que era su predilecto; aunque a todos los quería por igual. Pero no quiso ser parcial y dejar a los otros cuatro fuera. Y como cinco gatos eran mucho para su diminuto hogar, optó por mantenerlos en el seto de la entrada donde les proveía de comida y agasajos.
    Después de regresar de la biblioteca, siendo las nueve y unos escasos minutos, preparaba en el interior de su cocina varios cuencos de madera con trozos de pollo y algo de arroz hervido y lo bajaba todo a la calle, acompañado de una olla de agua fresca recién salida del grifo. Luego, con cuidado de no manchar la escalera, bajaba hasta la entrada del edificio y ponía los tazones con cuidado en el suelo para que los cinco gatitos comieran. Miguel se quedaba embobado mirándolos mientras se repartían el ágape como buenos hermanos y devoraban con ansía contenida todo el contenido de los cuencos de madera. Se fijó que siempre dejaban un poco en uno de los recipientes, como si quisieran guardarse algo para después. Como si temieran quedarse sin comida al día siguiente.
    Naranja siempre fue su predilecto. Y más que por una cuestión estética fue por un especial encariñamiento del gato hacia Miguel. Recién terminado de comer se acercaba hasta la pernera de su pantalón y se frotaba tratando de llamar su atención. En ocasiones el anciano se sentaba en el último escalón de la entrada y Naranja saltaba de inmediato hasta su falda, donde se echaba y se ponía a dormir.
    Después, cuando llegaba la hora de subir hasta su piso, los cinco gatos se quedaban mirándolo como si esperaran que él los invitara a seguirle. Eran unos niños de ojos almendrados faltos de cariño. Unos seres inocentes que nunca imaginaron, siquiera, hacer mal a nadie.
   
Al principio del invierno siguiente la muerte pasó por el seto que rodeaba al bloque de pisos de Miguel. El espectro portaba una lista de nombres y entre ellos estaban cuatro de los cinco hermanos. Todos menos Naranja. Se acercó hasta la entrada del edificio y la muerte mandó a un perro de presa de un desalmado vecino del barrio, para que sesgara la vida de los cuatro hermanos. Aquel chico desprovisto de alma acató las órdenes de la muerte y su perro destrozó a Blanco, Negro, Gris y Canela, sin ni siquiera preguntarse cuáles eran sus nombres.

    Naranja se refugió debajo del último seto de la entrada, el más próximo a la escalera, y con sus ojos buscó a Miguel para que bajara y apartara esa bestia de allí, pero eran aún las ocho de la tarde y el anciano seguía en la biblioteca leyendo la prensa.
    A las nueve de la noche llegó Miguel a su casa, como cada día, y su corazón se le paralizó unos instantes mientras observó con desesperación los trozos esparcidos de los cuatro gatos. No vio retales anaranjados y eso le hizo suponer que Naranja no estaba allí, que había sobrevivido a la barbarie. Poco a poco fue recuperando las pulsaciones y su respiración se tranquilizó. Y una lágrima tan grande como una pepita de limón amargo se vertió desde su ojo y se arrastró por su ajada piel hasta mezclarse con la saliva de su boca.
    Naranja, por miedo, no salió de su escondite. Se quedó allí, agazapado, imaginando que el perro aún estaría próximo o que volvería o que no se había ido. Pero no sabía que su nombre no estaba en la lista que trajo la muerte. Cuando el viejo subió hasta el piso a buscar bolsas para enterrar los restos de los cuatro gatos, pasó por al lado del seto donde se escondía Naranja y vio la cola asomando por debajo de un rastro de hojarasca.
    ―Cielo Santo ―gritó.
    Cogió al gato en sus brazos y lo besó en medio de la frente. Naranja se sintió seguro.
    Los dos subieron hasta el piso, donde el gato no había estado nunca. El viejo lo dejó sobre el sofá del comedor y sacó de la cocina un cuenco de madera con un poco de pollo que había sobrado y un plato con agua y se lo puso a la salida del balcón. Luego Miguel cogió unas cuantas bolsas de basura y bajó al seto de la entrada del edificio donde metió los trozos esparcidos de los hermanos de Naranja con la intención de darles sepultura, algo que hizo en un campo al lado del cementerio. Durante una hora cavó una zanja donde cupiesen todos los cuerpos y allí los metió dentro de la bolsa. Después, cuando regresó a casa, vio como Naranja se había quedado completamente dormido en un rincón del sofá y ni siquiera se despertó cuando Miguel abrió la puerta. Aquel gato estaba realmente extenuado.


   
Durante todo el invierno Miguel y Naranja se hicieron buenos amigos. Cada mañana el gatito lo seguía hasta la cocina y permanecía frotándose en la pernera de su pantalón hasta que el anciano le llenaba un cuenco de comida que el gato devoraba con fruición. Después de eso Naranja correteaba un buen rato por el piso saltando desde el sofá a la cama y se escondía detrás de la cortina como si quisiera jugar al escondite con el anciano. A Miguel, todas esas algarabías del gato le hacían mucha gracia y lo mantenían entretenido durante el desayuno.
    Para el mes de enero la muerte volvió al bloque de pisos y en su lista tenía a una anciana que vivía en el primer piso. Era una viuda de achacosa enfermedad a la que hacía unos meses le habían detectado un cáncer terminal, pero ella no dijo nada a nadie y soportó su dolencia con estoica y orgullosa dignidad. Tenía dos hijos que se turnaban para venir a verla y una mañana la visitaba uno y al mediodía se la llevaba otro a su casa a comer y por las tardes siempre la acompañaba algún nieto. El día que la visitó la muerte la anciana estaba sola y sus pensamientos se desvanecieron por los recuerdos de su mocedad y por los años pasados al lado de su marido.
    Miguel, como la mayoría de los vecinos del bloque, fueron al entierro, cuya misa se celebró en una iglesia próxima y después se quedó con el resto de amigos y familiares hablando de las cosas de la vida y que la muerte nos llega a todos, tarde o temprano. Pensó en que éramos seres humanos y creíamos que nuestra pena es más fuerte que la que puedan tener los animales, pero se sintió más unido a Naranja, que vio como destrozaron a sus cuatro hermanos y se quedó solo, sin nadie. Durante unos días le estuvo dando vueltas a la idea de llevar a su casa otro gato para que le hiciese compañía, pero mantener y cuidar a uno ya era más que suficiente para un hombre de su edad y de su economía.
    En el mes de marzo Miguel se puso muy enfermo y cogió una inusual gripe que lo mantuvo postrado en cama durante casi una semana. Durante ese tiempo vino a verlo un amigo de la biblioteca que charló con él y le trajo libros de cuentos, a los que siempre fue tan aficionado. También le compró la prensa, ya que el anciano siempre quiso estar bien informado de lo que ocurría en el mundo. La gripe pasó y días después arrastró una estruendosa tos que le comprimía el pecho y le hizo visitar al médico de cabecera varias veces. Al doctor no le gustó la tos del anciano y le mandó hacer una serie de placas y pruebas, cuyo resultado le dijeron que algo no marchaba bien dentro de su cuerpo. Fue entonces cuando la muerte empezó a escribir su nombre en la lista de inicio del verano.

    Y llegó el día seis de junio, cuando la muerte regresó al bloque y se detuvo delante de la puerta de Miguel. El gato, siempre alerta y con un sexto sentido del que los humanos se olvidaron hacía siglos, se acercó hasta la puerta y se quedó allí tumbado, como si quisiera impedir el paso del espectro, como si quisiera evitar que entrara y se llevara a Miguel. Pero la muerte es la muerte y solamente sabe matar y no entiende de sentimientos, ni de compasión ni de delicadezas. Traspasó la puerta y se adentró en la habitación donde el viejo tosía y un calor abrasador le quemaba el pecho y le encogía las entrañas. La muerte echó un último vistazo a la lista, comprobó que todo estaba correcto y le dijo al anciano que había llegado su hora. Él la miró, porque los que se van es lo último que ven y le preguntó con los ojos:
    «¿Quién cuidará de Naranja?».
   
Eso al espectro le traía sin cuidado. Igual que el día que se llevó a sus cuatro hermanos. Un ente que arrasa con todo, que hunde barcos, que derriba aviones, que añora las guerras, que tiñe de púrpura los campos de batalla
, que recorre los hospitales, que caza a los ancianos en la soledad de sus casas, algo así no puede ser compasivo.
    La muerte ni siquiera respondió. Sólo lo miró y esperó a que se durmiera en el sueño eterno para llevárselo con él. Naranja se postró al lado de Miguel y frotó su lomo contra la pernera del pantalón y ronroneó unos escasos segundos. El anciano se sentó en la cama de su habitación y se tumbó hacia atrás y cerró los ojos. Dejó de toser y sus recuerdos se fueron amontonando en su cabeza, de forma metódica y ordenada. Recordó cuando era un crío y jugaba en la calle chutando una pelota desinflada. Cuando hizo la primera comunión y después comieron todos copiosamente alrededor de una mesa larga y decorada con un mantel floreado. Cuando hizo el servicio militar. Cuando se casó. Cuando murió su mujer y lamentó no haber tenido hijos a pesar de que lo intentaron. Uno a uno fueron pasando por delante instantes de toda una vida.
    Se irguió y anduvo recto por el pasillo de su piso hasta llegar a la puerta. Mientras salía a la calle fue olvidándose de su nombre. De quién fue. Y poco a poco todos los recuerdos se fueron difuminando en una espesa cortina de humo que lo rodeaba por doquier. Naranja salió tras de él, pero al llegar a la puerta no pudo seguir más allá y se quedó encerrado en el interior del piso. Luego vio que el anciano seguía postrado en la cama. Inerte. Sin vida. Se echó a su lado, en los pies de la cama. Se durmió.
    Estuvo allí hasta que la muerte regresó de nuevo con su nombre escrito: Naranja.