Premio en el VIII
Concurso Literario de Relato Corto Ciudad de Caspe
El viejo Miguel llegó a casa, como cada día, cuando
el campanario de la iglesia próxima tocaba las nueve. Ya había
anochecido hacía un buen rato y una leve corriente de aire recorría las
columnas del patio de acceso a su bloque. Era un edificio viejo,
deslucido, con un permanente olor a humedad. En el seto de la entrada
corretearon inquietos los cinco gatos que esperaban su regreso, como
agua de mayo. No se preocupó Miguel por los nombres. Blanco, Negro,
Gris, Naranja y Canela.
Naranja fue, desde siempre, su preferido. Era un
gato menudo, más pequeño de la edad que debía tener. De ojos brillantes
y patas cortas, le costaba saltar más que a los otros por encima de los
setos. Los cinco custodiaban al viejo Miguel desde la acera hasta que
se perdía en la puerta del vestíbulo. Después se quedaban fuera
maullando, o llorando, como bien dijo él en más de una ocasión.
Miguel tenía sesenta y ocho años y una jubilación más que merecida.
Desde que enviudó que su vida se tornó oscura y frágil y deambulaba las
mañanas por la calle en compañía de amigos de su edad con los que
jugaba a la petanca y a las cartas. Y las tardes las pasaba en la
biblioteca municipal donde practicaba su gran pasión: la lectura. Desde
hacía dos años que siempre era el último en salir de la biblioteca,
cuando ésta cerraba poco antes de la nueve de la noche, y desde allí se
iba directo a casa donde le esperaba la televisión, un plato de sopa y
el dulce sueño que siempre lo abstraía de la rutinaria realidad diaria.
El verano anterior llegó hasta el portal del bloque una gata blanca y
negra, similar a una vaca pequeña, con vivaracha mirada y voz melosa,
según pudieron comprobar los vecinos con los cánticos de la gata
buscando novio. Esas baladas nocturnas atrajeron a un altanero minino
gris perlado que rondó a la gata hasta que entre los dos concedieron a
los cinco gatos que cobijó bajo el seto de su bloque el viejo Miguel.
Durante el invierno siguiente, Blanco, Negro,
Gris, Naranja y Canela fueron la única familia del abuelo. Pensó, en
más de una ocasión, llevarse a casa a alguno de ellos, sobre todo
Naranja, que era su predilecto; aunque a todos los quería por igual.
Pero no quiso ser parcial y dejar a los otros cuatro fuera. Y como
cinco gatos eran mucho para su diminuto hogar, optó por mantenerlos en
el seto de la entrada donde les proveía de comida y agasajos.
Después de regresar de la biblioteca, siendo las
nueve y unos escasos minutos, preparaba en el interior de su cocina
varios cuencos de madera con trozos de pollo y algo de arroz hervido y
lo bajaba todo a la calle, acompañado de una olla de agua fresca recién
salida del grifo. Luego, con cuidado de no manchar la escalera, bajaba
hasta la entrada del edificio y ponía los tazones con cuidado en el
suelo para que los cinco gatitos comieran. Miguel se quedaba embobado
mirándolos mientras se repartían el ágape como buenos hermanos y
devoraban con ansía contenida todo el contenido de los cuencos de
madera. Se fijó que siempre dejaban un poco en uno de los recipientes,
como si quisieran guardarse algo para después. Como si temieran
quedarse sin comida al día siguiente.
Naranja siempre fue su predilecto. Y más que por una
cuestión estética fue por un especial encariñamiento del gato hacia
Miguel. Recién terminado de comer se acercaba hasta la pernera de su
pantalón y se frotaba tratando de llamar su atención. En ocasiones el
anciano se sentaba en el último escalón de la entrada y Naranja saltaba
de inmediato hasta su falda, donde se echaba y se ponía a dormir.
Después, cuando llegaba la hora de subir hasta su
piso, los cinco gatos se quedaban mirándolo como si esperaran que él
los invitara a seguirle. Eran unos niños de ojos almendrados faltos de
cariño. Unos seres inocentes que nunca imaginaron, siquiera, hacer mal
a nadie.
Al principio del invierno siguiente la
muerte pasó por el seto que rodeaba al bloque de pisos de Miguel. El
espectro portaba una lista de nombres y entre ellos estaban cuatro de
los cinco hermanos. Todos menos Naranja. Se acercó hasta la entrada del
edificio y la muerte mandó a un perro de presa de un desalmado vecino
del barrio, para que sesgara la vida de los cuatro hermanos. Aquel
chico desprovisto de alma acató las órdenes de la muerte y su perro
destrozó a Blanco, Negro, Gris y Canela, sin ni siquiera preguntarse
cuáles eran sus nombres.
Naranja se refugió debajo del último seto de la entrada, el más próximo
a la escalera, y con sus ojos buscó a Miguel para que bajara y apartara
esa bestia de allí, pero eran aún las ocho de la tarde y el anciano
seguía en la biblioteca leyendo la prensa.
A las nueve de la noche llegó Miguel a su casa, como
cada día, y su corazón se le paralizó unos instantes mientras observó
con desesperación los trozos esparcidos de los cuatro gatos. No vio
retales anaranjados y eso le hizo suponer que Naranja no estaba allí,
que había sobrevivido a la barbarie. Poco a poco fue recuperando las
pulsaciones y su respiración se tranquilizó. Y una lágrima tan grande
como una pepita de limón amargo se vertió desde su ojo y se arrastró
por su ajada piel hasta mezclarse con la saliva de su boca.
Naranja, por miedo, no salió de su escondite. Se
quedó allí, agazapado, imaginando que el perro aún estaría próximo o
que volvería o que no se había ido. Pero no sabía que su nombre no
estaba en la lista que trajo la muerte. Cuando el viejo subió hasta el
piso a buscar bolsas para enterrar los restos de los cuatro gatos, pasó
por al lado del seto donde se escondía Naranja y vio la cola asomando
por debajo de un rastro de hojarasca.
―Cielo Santo ―gritó.
Cogió al gato en sus brazos y lo besó en medio de la
frente. Naranja se sintió seguro.
Los dos subieron hasta el piso, donde el gato no
había estado nunca. El viejo lo dejó sobre el sofá del comedor y sacó
de la cocina un cuenco de madera con un poco de pollo que había sobrado
y un plato con agua y se lo puso a la salida del balcón. Luego Miguel
cogió unas cuantas bolsas de basura y bajó al seto de la entrada del
edificio donde metió los trozos esparcidos de los hermanos de Naranja
con la intención de darles sepultura, algo que hizo en un campo al lado
del cementerio. Durante una hora cavó una zanja donde cupiesen todos
los cuerpos y allí los metió dentro de la bolsa. Después, cuando
regresó a casa, vio como Naranja se había quedado completamente dormido
en un rincón del sofá y ni siquiera se despertó cuando Miguel abrió la
puerta. Aquel gato estaba realmente extenuado.
Durante todo el invierno Miguel y Naranja se
hicieron buenos amigos. Cada mañana el gatito lo seguía hasta la cocina
y permanecía frotándose en la pernera de su pantalón hasta que el
anciano le llenaba un cuenco de comida que el gato devoraba con
fruición. Después de eso Naranja correteaba un buen rato por el piso
saltando desde el sofá a la cama y se escondía detrás de la cortina
como si quisiera jugar al escondite con el anciano. A Miguel, todas
esas algarabías del gato le hacían mucha gracia y lo mantenían
entretenido durante el desayuno.
Para el mes de enero la muerte volvió al bloque de
pisos y en su lista tenía a una anciana que vivía en el primer piso.
Era una viuda de achacosa enfermedad a la que hacía unos meses le
habían detectado un cáncer terminal, pero ella no dijo nada a nadie y
soportó su dolencia con estoica y orgullosa dignidad. Tenía dos hijos
que se turnaban para venir a verla y una mañana la visitaba uno y al
mediodía se la llevaba otro a su casa a comer y por las tardes siempre
la acompañaba algún nieto. El día que la visitó la muerte la anciana
estaba sola y sus pensamientos se desvanecieron por los recuerdos de su
mocedad y por los años pasados al lado de su marido.
Miguel, como la mayoría de los vecinos del bloque,
fueron al entierro, cuya misa se celebró en una iglesia próxima y
después se quedó con el resto de amigos y familiares hablando de las
cosas de la vida y que la muerte nos llega a todos, tarde o temprano.
Pensó en que éramos seres humanos y creíamos que nuestra pena es más
fuerte que la que puedan tener los animales, pero se sintió más unido a
Naranja, que vio como destrozaron a sus cuatro hermanos y se quedó
solo, sin nadie. Durante unos días le estuvo dando vueltas a la idea de
llevar a su casa otro gato para que le hiciese compañía, pero mantener
y cuidar a uno ya era más que suficiente para un hombre de su edad y de
su economía.
En el mes de marzo Miguel se puso muy enfermo y
cogió una inusual gripe que lo mantuvo postrado en cama durante casi
una semana. Durante ese tiempo vino a verlo un amigo de la biblioteca
que charló con él y le trajo libros de cuentos, a los que siempre fue
tan aficionado. También le compró la prensa, ya que el anciano siempre
quiso estar bien informado de lo que ocurría en el mundo. La gripe pasó
y días después arrastró una estruendosa tos que le comprimía el pecho y
le hizo visitar al médico de cabecera varias veces. Al doctor no le
gustó la tos del anciano y le mandó hacer una serie de placas y
pruebas, cuyo resultado le dijeron que algo no marchaba bien dentro de
su cuerpo. Fue entonces cuando la muerte empezó a escribir su nombre en
la lista de inicio del verano.
Y llegó el día
seis de junio, cuando la muerte regresó al bloque y se detuvo delante
de la puerta de Miguel. El gato, siempre alerta y con un sexto sentido
del que los humanos se olvidaron hacía siglos, se acercó hasta la
puerta y se quedó allí tumbado, como si quisiera impedir el paso del
espectro, como si quisiera evitar que entrara y se llevara a Miguel.
Pero la muerte es la muerte y solamente sabe matar y no entiende de
sentimientos, ni de compasión ni de delicadezas. Traspasó la puerta y
se adentró en la habitación donde el viejo tosía y un calor abrasador
le quemaba el pecho y le encogía las entrañas. La muerte echó un último
vistazo a la lista, comprobó que todo estaba correcto y le dijo al
anciano que había llegado su hora. Él la miró, porque los que se van es
lo último que ven y le preguntó con los ojos:
«¿Quién cuidará de Naranja?».
Eso al espectro le traía sin cuidado. Igual
que el día que se llevó a sus cuatro hermanos. Un ente que arrasa con
todo, que hunde barcos, que derriba aviones, que añora las guerras, que
tiñe de púrpura los campos de batalla, que recorre los
hospitales, que caza a los ancianos en la soledad de sus casas, algo
así no puede ser compasivo.
La muerte ni siquiera respondió. Sólo lo miró y
esperó a que se durmiera en el sueño eterno para llevárselo con él.
Naranja se postró al lado de Miguel y frotó su lomo contra la pernera
del pantalón y ronroneó unos escasos segundos. El anciano se sentó en
la cama de su habitación y se tumbó hacia atrás y cerró los ojos. Dejó
de toser y sus recuerdos se fueron amontonando en su cabeza, de forma
metódica y ordenada. Recordó cuando era un crío y jugaba en la calle
chutando una pelota desinflada. Cuando hizo la primera comunión y
después comieron todos copiosamente alrededor de una mesa larga y
decorada con un mantel floreado. Cuando hizo el servicio militar.
Cuando se casó. Cuando murió su mujer y lamentó no haber tenido hijos a
pesar de que lo intentaron. Uno a uno fueron pasando por delante
instantes de toda una vida.
Se irguió y anduvo recto por el pasillo de su piso
hasta llegar a la puerta. Mientras salía a la calle fue olvidándose de
su nombre. De quién fue. Y poco a poco todos los recuerdos se fueron
difuminando en una espesa cortina de humo que lo rodeaba por doquier.
Naranja salió tras de él, pero al llegar a la puerta no pudo seguir más
allá y se quedó encerrado en el interior del piso. Luego vio que el
anciano seguía postrado en la cama. Inerte. Sin vida. Se echó a su
lado, en los pies de la cama. Se durmió.
Estuvo allí hasta que la muerte regresó de nuevo con
su nombre escrito: Naranja.
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