Pincel, el árbol de Navidad (24.12.2024)
Cuento
premiado en el
XV
Certamen de Cuentos Navideños de Ampuero
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Parece que hace más frío. El viento del norte hace rato ya que azuza
los ocotes. Lágrimas de resina resbalan por la madera que un día será
troceada, despedazada, cortada en troncos, arrojada al fuego.
Inservible. O eso dicen. La temperatura ha debido bajar por lo menos
seis grados en las dos últimas horas. Seguro. Lo noto en mis ramas.
Apenas las puedo mover. Me siento entumecido, anquilosado. Mi
resistencia al frío va menguando con el paso de los años. Y tantas
otras cosas.
Me gustaría desplazarme hasta aquella mancha de sol
que bordea el estanque, al lado de aquel seto verde. Ahora no lo puedo
ver, me lo tapa el puente, pero lo recuerdo precioso. Y ser alumbrado
por esos radiantes rayos. Agradecería un chorreo de esas ráfagas que
despuntan por encima de la montaña rocosa. Entre el mar y la montaña.
Barras amarillas y rojas centellean por encima de los abetos y de los
abedules. Crisoles del amanecer. Fulgor de los atardeceres soñolientos,
de los crepúsculos efímeros, de los paisajes amarillos, de los bosques
verdinegros.
Hoy hace justo un mes que se quemó Pepino, un pino
silvestre venido de Escocia, como siempre nos contaba, y que los demás
árboles nos hicimos amigos de él desde el primer día que lo plantaron
en esta ribera del bosque. El mejor compañero que nunca tuve. De todos
los que nos cruzamos en este devenir siempre hay alguien que nos deja
una huella en nuestra alma y que por mucho tiempo que pase no
conseguimos borrar. En este margen de las montañas abruptas y
pedregosas a la orilla del mar. Esa confusión del verde y el azul, del
blanco y del ocre. Cristales en la mañana, relámpagos en la noche.
Pepino era precioso, esbelto. Arrogante, pero con una vanidad nada
ofensiva; sin soberbia. Destacaba entre los demás por su follaje verde
oscuro y su excelente retención de agujas. Por las mañanas se posaban
sobre él las gotas de rocío y las hacía bailar con un leve achuchón de
sus ramas, apenas imperceptible. El viento siempre fue su aliado.
Elegante. Nos contó que había nacido en Escocia, donde las semillas
crecen durante casi tres años en unos germinadores y luego son
replantadas en unos cultivos para árboles de Navidad. Fue un pino
criado en cautiverio, pero con la osadía de los que se sienten libres,
de los que aunque encerrados e inmóviles, sueñan. No andan los que se
mueven, andan los que fantasean. A Pepino lo clavaron a la tierra que
lo vio llegar. Lo petrificaron. Estancaron sus robustas raíces.
Anquilosaron su tronco. Pero no pudieron enclavar sus ramas, ni atascar
su alma. Qué poco saben los hombres de nosotros. Nos siembran al suelo
y creen que nuestro espíritu permanece quieto. Muerto. Nosotros no
morimos nunca.
Qué bonito estaba Pepino recién adornado,
coincidimos todos. Como lucían sus coronas, figuras de ángeles,
estrellas, velas, tarjetas navideñas, manzanas, zuecos, campanas,
bolitas, las piñas... Como resplandecía la flor de Navidad, con sus
grandes pétalos rojos. Que aplomo y prestancia le otorgaba el muérdago
a sus fuertes brazos.
«¿Brazos?» me preguntó aquel olivo tosco y malcarado.
«Sí», respondí mientras buscaba la complicidad de
los otros pinos «no ves que es una metáfora, no tenemos brazos, lo sé,
tenemos ramas, pero para nosotros es como si lo fueran»
Reímos.
Recuerdo a un abeto que conocí durante una
replantación, y que me contó que éste arbusto, el muérdago, tiene
propiedades mágicas: protege de la maldad, las enfermedades y las
parejas se besan debajo de sus ramas. Pero el muérdago no resguardó a
Pepino del fuego.
Lo añoro mucho. Sus largas charlas en las frías
noches de invierno, cuando los demás árboles duermen, cuando no hay
otra cosa que hacer que contar historias. Él era único relatando
anécdotas de Escocia. Me gustaba oírle explicar como viajaba con el
pensamiento y lo feliz que fue durante las Navidades que estuvo allí.
Me hubiera gustado estar con él, en Escocia. Ser bañado por las lluvias
de otoño y por los rayos soleados de junio. Azotado por el viento del
mar, que viene salado. Mojar las ramas con los vapores de los lagos.
Limpiarme con la brisa del norte.
Pepino, el pino silvestre, se quemó una tarde a
finales de octubre, un fuego provocado por un rayo acabó con él.
Lloramos mucho. No sufrió. Las llamas lo consumieron deprisa. La
combustión se alió con el oxígeno y devoraron con prontitud cada uno de
los centímetros de madera de Pepino. Amel, un precioso oyamel de
agradable fragancia y mejor carácter, también lloró. Sus hojas de color
hierba se frotaron incesantes ante la impotencia del fuego. Todos
intentamos apagar la furia de las llamas rojas y amarillas y azules.
Susurramos llantos desconsolados para que la fogata cesara en su
conducta. Suplicamos, como solo los pinos saben hacer, para que el
ardor cejara en su empeño. Para que no siguiera arrasando a nuestro
amigo.
No pudimos hacer nada, el fuego no quiso
escucharnos, nos ignoró. El fuego siguió a lo suyo, como siempre. Hizo
caso omiso de nuestras advertencias, de nuestros ruegos. Desestimó las
quejas de los habitantes de aquel pequeño terreno al lado de las
montañas y frente al mar.
Amel, el oyamel de América Central, sollozaba ante
la pérdida de nuestro amigo escocés, mientras todos lloriqueamos
desconsoladamente y resbalaban gotas de resina por nuestros troncos.
Cuanta tristeza acumulada. Cuanto quemazón en nuestras ramas. Cuanto
dolor...
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Ahora
estamos
muy lejos para poder hablar, nos cansa la distancia y el tener que
gritar cada vez que queremos decirnos algo. El amigo Pepino estaba
plantado en medio de los dos, así era más fácil conversar, él hacía de
intermediario y nos contaba cosas a mí y al oyamel Amel, mientras el
aire repetía nuestras palabras y las traslada enredándose con nuestras
ramas, participando de la conversación. Acumulando y desplazando al
mismo tiempo todas aquellas sensaciones que solo los árboles sabemos
transmitir.

Recuerdo
esos
tiempos como los más felices desde que estoy aquí, al lado de ésta casa
de madera y esperando que llegue la Navidad, para que los niños me
retoquen, me acicalen con sus adornos y me iluminen con sus estrellas.
Dicen que soy el mejor árbol de Navidad que hay, un Picea blanco, por
eso me llaman Pincel, por lo de Picea; aunque yo pensaba que era porque
iba cincelado como un pincel. El nombre fue idea de Pepino, como todos
los motes de los de aquí. Era único poniendo sobrenombres a los
árboles. El mío me lo puso nada más llegar de Canadá. Hace tanto que ni
me acuerdo. Yo fui el primero en presentarme, me plantaron en medio de
unos olivos:
-¡Qué feo estás! -me dijo un castaño con el que nunca llegué a
congeniar.
Yo no le hacía mucho caso. Además tanto él como los
antipáticos
olivos que había al lado siempre estaban ensuciando el suelo, con sus
frutos, con las ramas. De vez en cuando se dejaban desprender trozos de
corteza con el único pretexto de deslucir la tierra, de emborronar la
hierba que lamía nuestros troncos. Desagradecidos. El castaño me decía
que no servía ni para árbol de cementerio, el muy ramplón ¡qué sabrá
él! -exclamaba yo para mis adentros- intentando llevarme bien con todos
los árboles de la zona. Ser árbol de cementerio era un orgullo que
acompañó a nuestra familia durante milenios. Ya los romanos nos usaban
para ese fin.
-¡Alcornoque! -le grité un día que no podía más.
Estaba cansado de aguantar sus improperios, sus
desplantes, sus desfachateces. Todos rieron con mi ocurrencia.
He
entablado
relaciones con un abeto de tronco recto y muy elevado, corteza
blanquecina, ramas horizontales formando una copa cónica, hojas
estrechas y perennes. No se enfada cuando usan sus piñas para
ponérmelas de adorno sobre mi cabeza, al contrario se alegra de poder
compartir conmigo la Navidad. Es hermosa, dice. Parco en palabras y
austero en comentarios, sabe utilizar la expresión adecuada en cada
caso. Nunca conocí un árbol con tanta expresividad. Parecía que hablara
con sus ramas. Las balanceaba columpiándolas al viento de tal forma que
todos entendíamos lo que quería decirnos.
Los olivos, los castaños y un engreído banano, se tuvieron que
tragar sus comentarios despectivos hacía los árboles de Navidad, la
semana antes del veinticinco de diciembre, cuando los niños del pueblo
vinieron a adornarme, cuando nos eligieron entre todos los árboles de
la zona como los mejores para representar las Navidades.
Al abeto, que cariñosamente le llamamos Alberto,
Amel, el oyamel de
América Central y a mí, nos colmaron de adornos, que digo colmar, nos
atiborraron, nos saturaron. Los niños se aproximaron hasta nosotros sin
miedo. Obviaron a los olivos, a los castaños, a los alcornoques y a los
belloteros. Llegaron hasta nosotros sin mirar a ningún árbol más.
Primero
empezaron conmigo, los niños se dieron cuenta de que los estaba
llamando, me oyeron, ellos tienen un sexto sentido para eso. Me
colgaron bolas de múltiples colores: rojas, amarillas, verdes, lilas.
Pendieron figuritas de ángeles sonrientes, que se balanceaban nada más
tocarlos. Unos pares de zuecos pequeños se acomodaron en el extremo de
mi follaje. Las piñas de Alberto, el abeto amable, fueron repartidas
por todo mi cuerpo. Los niños del pueblo colgaron tarjetas de navidad
venidas de todos los lugares del mundo, de personas que no podrán estar
el veinticinco de diciembre aquí, donde las lágrimas son resina y donde
las voces son viento.
Que choque de sentimientos representan éstas fechas para las personas,
pensé mientras me regocijaba en mi ornamenta.
Nosotros participamos de la algarabía de la Navidad.
Contribuimos a
los cruces de sensaciones, a la tristeza de los que recuerdan a sus
seres queridos. Como yo, que ahora estoy triste por la pérdida de
Pepino y por no poder charlar con Amel, pero contento cuando llegan
estas fechas, cuando las luces rojas y amarillas iluminan las calles de
tierra, las fachadas de cal, las plazas de piedra, y el cometa navideño
se refleja en las cristalinas aguas de la fuente que hay en la plaza.
En las luces que atraviesan el cielo entre el mar y la montaña. En esos
olores a castañas y boniatos.
Este año espero que mi estrella de Navidad radie
como un sol, que
lo haga como nunca lo había hecho antes, para que Pepino me pueda ver
desde el cielo y acordarse de los amigos que dejó aquí. De sus
compañeros que le escuchaban cuando contaba historias de Escocia,
cuando aplaudía con sus ramas, cuando silbaba el viento a su alrededor.
A los árboles de Navidad, aunque parezca difícil de
creer, también
nos gusta rememorar a los nuestros en éstas fechas y llorar con
lágrimas de resina.
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