Se terminó el verano (01.09.2025)
Cuando era un adolescente había escuchado más de una vez, en Caldes
d'Estrac, la célebre frase: Si para el 15 de agosto llueve se termina
el verano (o algo parecido). Más tarde supe que el verano terminaba
lloviera o no lloviera el quince, porque no hay verano que un año dure.
Y este año, como no podía ser de otra forma: también se termina el
verano.
El lunes por la mañana me levantaré con unas legañas indescriptibles y
pondré a calentar una cafetera italiana, que es silenciosa y no molesta
a los vecinos, como esa Nespresso que chirría mientras vierte el café
dentro de mi taza predilecta. Caminaré cabizbajo hacia mi puesto de
trabajo y sonreiré a los compañeros que me digan: ¡ya estás aquí! No
sin cierta malicia; aunque la malicía está en los oídos del que escucha.
Hasta la semana siguiente no retomaré la rutina
diaria, este año aderezada con nuevos proyectos literarios,
presentaciones, charlas... que me ayudarán a soportar con estoicismo
las prolongadas e interminables jornadas del llamado (de forma
acertada) "turno africano", con noches interminables donde los ojos se
llenan de arena y donde las sombras pueblan cada una de las esquinas de
mi garita, donde veo pasar por delante las vidas de otros, que no la
mía; la mía la reservo para mis novelas.
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