Tierra mojada (18.01.2025)
Cuento
premiado en el
Tercer
Concurso Literario Policía y Cultura 2011
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Y me contó como la fuente del Ángel le recordaba al mar. Y como retenía
en su memoria el paso de los buques bajo el puente levadizo. Chirriando
sus engranajes, mientras sus miradas se enlazaban. Me recordó las
gaviotas chapoteando sus alas contra los arrecifes coralinos.
Cristalinas aguas amansadas por el paso de los años, dibujadas por los
barcos de pesca. El olor del gasoil recubriendo los olfatos. La sal. Y
aquel faro que, tantas veces, fue testigo mudo de sus besos. Su haz de
luz aporreando con furia la costa. Lamiendo cada una de aquellas rocas
que conformaban los espigones. Aquellas algas que la deriva arrojó
contra la bahía, donde dibujaron sus nombres tantas veces y otras
tantas borró el mar. Esos bancos de peces que se acercaban a la playa
para susurrar su amor a los cuatro vientos. Los estibadores, sudorosos,
amontonando bultos a los pies de los yates. Resplandecientes. Amasijos
de hierro y madera. Ingente esfuerzo de hombres que acunaron el mar
para formar parte de ellos mismos. El silbato del tren. Atronando los
raíles bajo sus pies. Palpitaciones de acero destilando alientos de
savia. Rechinando las ruedas al acercarse a la estación. «¿Te
acuerdas?» «Te acuerdas de aquellas tardes desaprensivas donde nuestras
miradas fueron furtivas», dijo ahogándose en sollozos. Tardes que
caminamos entre las piedras. Serpenteamos por los senderos que unen los
pueblos. Laberintos de granito que se oscurecían al pasar bajo el túnel
de la carretera. Nuestros padres nunca aprobaron esos encuentros. Aún
así nos citamos a escondidas. Susurramos la hora. Concertamos el lugar.
«En la roca», me dijo siempre ella «en nuestra roca».
El primer verano fue único, irrepetible. Como todos
los veranos que se sucedieron, siempre había algo mágico en ellos.
Transitamos en silencio por el camino entre las vías y la playa. La
brisa toqueteaba su cabello y lo enredaba en su cara. Nos alejamos
tanto que perdimos la estación de vista. Nos extraviamos de los otros.
Y su nombre se me cinceló en letras de oro. «¿Cómo te llamas?», me
preguntó la primera vez que coincidimos...
Y luego rompió a llorar.
No era un recluso como los otros. Era diferente.
Distinto. Recuerdo como destacaba su mirada por encima de aquella
apariencia desalmada. Inteligente, profunda, resignada. De una abismal
y recóndita erudición, le gustaba charlar sobre diversos aspectos de su
vida. En pocos días me contó su infancia. Lo necesitaba. Antes que el
desamparo, como le gustaba decir, le hubiese hincado el diente. Antes
del antes. Antes de ahora. Cuando apenas contaba catorce años y pasaba
los veranos en casa de una hermana de su padre. El mar se apoderó de
él. La arena de la playa. El sol balbuceando los primeros rayos por
encima del horizonte.
Me relató como su tía vivía en un pequeño pueblo de
la costa. En una casa que llamaban la barraca. Sus padres lo llevaron
allí para encarrilarlo. «No sé que haremos con este niño», repetía
siempre su madre. Creían que el mar lo distanciaría de la miseria de su
barrio. De las malas compañías. Donde la muerte acecha en cada esquina.
Se llamaba Pablo, como el apóstol; aunque no era
ningún santo. Pablo García contaba quince años cuando fue detenido por
primera vez. Fue el primer invierno después de su último verano en la
playa.
―Cosas de críos, ya sabe ―me dijo desde el interior
más remoto de su celda.
Nunca se aproximaba hasta mí para hablar. Se
sumergía en las sombras de su calabozo, al que gustaba llamar aposento,
y desde allí desglosaba su vida a modo de biografía, como queriendo
hacerse entender. Ofrecía su pasado para que yo tomara nota y
comprendiera por qué había llegado hasta aquí. Excusas inexcusables.
Explicaciones inexplicables.
―Sí ―repliqué―, pero te hiciste mayor y continuaste
robando.
Expulsó una enorme bocanada de tabaco negro desde lo
más profundo de sus pulmones, dibujando una nube de hollín en forma de
anillo que se estrelló contra el techo. Por un momento imaginé el
infierno dentro de aquella mazmorra donde la sociedad arrojaba los
desechos. Ese purgatorio irremediable.
―Un chico mayor que yo me enseñó a hacer el puente a
los coches ―dijo―. Era sencillo, solamente había que conocer los cables
que se tenían que chasquear. Poco esfuerzo y mucho provecho.
―Por algo se empieza ―cuestioné.
Exhaló otra bocanada de humo y se detuvo unos
instantes para que le llegara a lo más profundo de sus pulmones. Lo
saboreó como si masticara un manjar.
Tosió un par de veces.
―Llegué a ser el jefe ¿entiende? Era admirado por
todos y todos me respetaban.
Mientras lo miraba recordé su trayectoria. Con
apenas dieciocho años, recién cumplidos, ya era el jefe de su pandilla,
el líder del barrio, el cabecilla. La vida en las calles no era fácil y
sólo los fuertes sobreviven. Había que hacerse respetar y ser
respetado. Requería hacer más que los demás. Un círculo vicioso de
imposible escapatoria. Las manos de la desesperación y la pobreza lo
empujaron, inmisericordes, por el precipicio de la desolación. El
asunto de robar coches quedó para los jóvenes aprendices de malhechor.
Era un inicio, pero no el camino. Robar coches proporcionaba diversión
y fama a sus autores, pero no era una forma de vida. Después se dedicó
a operaciones, como le gustaba llamarlas, de mayor calado, de más
transcendencia.
―Se trataba de conseguir mucho dinero con poco
esfuerzo ―me dijo restregando la colilla en una de las patas de la
litera.
El sueño de todo delincuente, pero que en definitiva
era la aspiración de todo ser humano. Trabajar para vivir y vivir para
trabajar. Él quería saltar alguno de esos dos sencillos pasos.
―No nos diferenciamos tanto ¿verdad? ―me preguntó
torciendo sus ojos y buscando el brillo de los barrotes en la penumbra.
Y tenía razón, buscaba lo mismo que nosotros, pero
había escogido mal la forma de hacerlo. Un rayo de sol se adentró
discreto por entre los barrotes. El haz se estrelló contra un póster de
un faro. Pablo enmudeció y pasó una mano por encima de la fotografía.
―¿Por qué las drogas Pablo?
Teníamos tiempo y me aprovechaba de sus
conocimientos para enriquecerme como ser humano. Necesitaba saber que
había en el otro lado para entender mejor lo que pasaba en éste. En la
pequeña sala de la prisión federal y con un ruido constante y molesto
de ventiladores al fondo, quería arrancar los orígenes de Pablo.
―Un líder nunca debe perder el dominio ―le dije―, y
los estupefacientes son, precisamente, todo lo contrario ―afirmé en un
intento de convencerle de lo equivocado de su rumbo.
―Parece usted un cura ―replicó.
Sonrió y luego cogió otro cigarrillo del paquete que
le dejé encima de su mesita.
La escena era, por lo menos, extravagante; casi
ridícula. Las celdas estaban organizadas de manera que asemejaban las
habitaciones de un adolescente. Una cama litera, una mesita de noche y
hasta una lámpara de colores, igual que la cristalería de una iglesia,
poblaban el reducido espacio de los reos. Él estaba sentado al fondo,
en el lugar donde los sueños se desvanecen y el crepúsculo abochorna
nuestros ojos. Yo permanecía de pie, frente a los barrotes. La luz del
pasillo creaba sombras alargadas que impactaban contra su cara.
Entoldamientos de la memoria. Destellos arrancados a los carteles que
bosquejaban las paredes desgarradas. Sueños rotos.
―Por necesidad agente ―respondió sabiendo que no le
iba a creer.
Necesidad, que palabra más vacía de contenido.
Necesidad era una forma de englobar todo lo que nos empujaba a actuar y
ser caricaturas de nosotros mismos. Seres desdibujados en la adversidad
del horizonte. Corrompidos. Necesidad era una forma de nombrar lo
innombrable. De recurrir a lo inexplicable. De reclamar una absolución
imposible.
―Sí, sí ―chasqueó los labios―, no es necesario que
me mire con esa cara de incrédulo ―aseveró inhalando más muerte―. La
necesidad nos arroja a la desesperación y la desesperación nos despeña
contra la locura.
―¿Necesidad? ―repetí en voz alta.
Dudé de su argumento, mientras aparté, braceando, la
densa niebla que inundaba toda la sala. Ni siquiera los enormes
ventiladores podían arrinconar la bruma que emanaba de sus pulmones.
―De dinero, ya sabe. Es la forma más rápida que hay
para conseguirlo ―respondió a una pregunta que no había hecho.
Lanzó medio cigarro al suelo y lo pisó con unas
botas negras, rotas por el talón.
―Trabajando como usted ―afirmó sonriendo― sólo
llegaría a ser un viejo mustio, con una miserable pensión, una mujer
gorda que no me querría y unos hijos que se habrían marchado de casa y
sólo vendrían a verme cuando necesitaran dinero ¿Entiende agente?
Solamente vendría a verme cuando tuvieran necesidad de ello.
La conversación llegó al punto álgido del dinero. El
dinero era la necesidad. El dinero era el diablo de metal y papel. El
dinero era el problema y al mismo tiempo la solución.
―¡Vaya! ―exclamé risueño―. Me has descrito un futuro
poco halagador.
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Solté una
leve sonrisa que se desvaneció en la comisura de mi enorme bigote. La
luz de la ventana se retiró y el faro del póster se apagó.
―Yo soy diferente ¿sabe? No soy como usted, ni como
esos ―dijo
señalando con la barbilla hacia los agentes, que miraban los monitores
en la sala de control de la penitenciaria―, ni como la gente que
representa...
―Yo no represento a nadie ―repliqué molesto―, no
simbolizo ni sirvo
a nadie, ―le interrumpí antes de que siguiera hablando―. Únicamente
hago lo que creo es correcto.
―A trabajar y a deslomarse, le llama usted hacer lo
apropiado. No
se da cuenta de que también sirve al dinero. De que todos somos sus
esclavos.
―¿Es una pregunta?
―¿De verdad creé que venimos al mundo para esto?
Cogió otro cigarro del paquete abierto que había
encima de la
destartalada mesa de madera, y se lo echó a la boca sin dejar de hablar.
―No creo que el creador del mundo nos trajera al
mundo para esto...
para sufrir ―dijo respondiéndose a sí mismo―. La vida es algo más que
pagar hipotecas, que ver los amaneceres en el metro, camino del
trabajo, que dejar que nuestros hijos crezcan solos mientras nosotros
aporreamos carreteras con picos, máquinas de escribir en oficinas sin
ventilación...
―Pues no sé quien tiene razón ―le dije―, pero a ti
no te han ido las cosas tan bien ¿verdad?
Estaba adentrándome en un terreno peligroso. Nadie
podía salir
indemne de una refriega dialéctica con un reo. Nunca le podría
convencer de nada y él, evidentemente, no podría hacer lo mismo conmigo.
―No he tenido suerte ―lamentó― sólo es eso. Conozco
mucha gente a
quien no le han ido las cosas tan mal y no están presos ¿sabe? ―se
defendió―. No todos los malos están presos ni todos los buenos en la
calle.
Dinero, suerte, adversidad. Diversas formas de nombrar lo mismo.
―¿Gente como tú? ―repliqué―, que roba a los pobres
trabajadores que
luchan a diario para poder llevar unos dólares a su casa ¿A ese tipo de
personas es a las que te refieres? ―pregunté exaltado―. Ladrones que se
aprovechan del esfuerzo de los demás para no tener que trabajar. El
camino fácil ¿verdad?
Sabía que Pablo no se enfadaría conmigo, todo lo
contrario, le
gustaba mantener conversaciones de este tipo mientras fumaba en su
celda.
Torció la mirada y clavó los ojos en el faro. Una
ventana a la calle. Una abertura al mundo.
―Mire agente ―me observó desde la penumbra―, parece
que no nos
entendemos y que estamos condenados a no entendernos nunca. Yo no elegí
venir al mundo, no escogí nacer, ni siquiera pude optar a tener un
trabajo digno. La sociedad me empujó a ser como soy. Cuando tenía
quince años...
―Ya sé lo que me vas a decir ―le interrumpí sin
dejarle terminar de
hablar―, que eras menor de edad cuando cometiste tu primer delito, que
no sabías lo que hacías, que la sociedad no supo interpretar tus actos,
que no simpatizaron con tu causa, que te convirtieron en lo que eres
ahora ―¿Es eso lo que ibas a decir? ―le pregunté―. He visto que
utilizas con demasiada ligereza la palabra empujar. Eso es que no te
sientes responsable de todo lo que te está ocurriendo ahora y el fatal
fin que se avecina. Es un error Pablo y tú que eres tan listo no
deberías caer en ese tipo de desaciertos.
―Sí agente, eso iba a decir. Pero en definitiva se
reduce a que no
me dieron una miserable oportunidad. ¿Usted hubiera sido igual?
―Posiblemente.
Y mientras nos silenciamos me pregunté si el
delincuente nace o se hace.
Pablo encendió el cigarrillo que sostenía en sus
dedos con un mechero de gas que dejé junto al paquete.
―Cometí un error. Sólo uno, y no tuve derecho a
resarcirme. Me
trataron como a un hombre, a pesar de que no era más que un niño. La
policía me detuvo. Me pegó. Me encerraron durante dos días en una celda
de la comisaría del centro. Durante ese tiempo vulneraron mis derechos,
no me asistieron debidamente, no me llevaron al médico y ni siquiera me
dieron de comer. Me trataron como a un animal.
Tragó saliva y propinó una colosal bocanada al
cigarrillo que iluminaba la celda.
―Cuando salí de allí, los vecinos me señalaron con
el dedo. Los
podía escuchar, cuchicheaban a mi paso. Evitaba entrar en el rellano de
mi casa cuando había alguien. No podía soportar las miradas de miedo de
las señoras, ni los ojos recelosos de los hombres. Mis padres tuvieron
que mudarse a otro barrio. Perdieron sus amistades y yo perdí aquel
magnífico trabajo en los almacenes Charly's de la calle ocho. En la
escuela, el profesor me sentó separado del resto de alumnos. Y los
compañeros de clase dejaron de juntarse conmigo ¡Sólo había robado un
coche! ―exclamó finalmente.
―Todo tiene un principio Pablo ―le dije― y fuiste tú
el que no supo
aprovechar la oportunidad que te ofreció la vida. Aquel magnífico
trabajo en los almacenes, tus padres, las amistades que escogiste a los
quince años, los veranos en la playa, aquel primer amor... todo eso se
desvaneció ante tus ojos por tu culpa. No busques pecados a quienes te
rodean, no les hagas partícipes de tu desgracia, ni impulsores de tu
destino. Tu destino es tuyo y en tus manos estuvo el cambiarlo.
―¿Sabe que es lo que más me dolía?
Negué con la cabeza.
―Que la gente se apartara de mí, que no me tendieran
una mano. Solía ir a la fuente del Ángel ¿la conoce?
―Sí.
―Me gustaba ir allí a fumar. Me sentaba en las
calurosas tardes de
verano y en las frías mañanas de invierno. No me metía con nadie.
Saboreaba el olor del parque. Me recordaba la playa. Era lo más cerca
que podía estar de mi juventud.
―¿Culpas a la gente de tu destino?
―Pues sí. Fueron ellos los que me eligieron a mí, yo
sólo quería
hacer lo mismo que los demás. No me explicaron que eso estaba mal
hecho, no me dijeron nada. Me trataron como a un asesino imposible de
redimir. Me etiquetaron cuando aún no me había forjado como un criminal.
―Es tarde ―le dije―, termina el cigarro y devuélveme
el mechero.
No quería hablar del crimen. De que empezó robando
coches, continuó
con las drogas y acabó matando a un hombre. Una cosa lleva a la otra.
Ya hicimos un pacto de no hablar de eso. Siempre terminaba llorando. Y
yo contraído. Ya sabía que se arrepentía de ese crimen. Me lo dijo
miles de veces. Que veía la cara de ese hombre cada noche. Que sus ojos
tapaban el faro de su habitación. Lo condenaron. Pero ya lo habían
condenado cuando robó su primer coche. El jurado no creyó la legítima
defensa, eso no es para delincuentes.
―Ahora es tarde para todo agente. El tiempo se
acaba. Mañana ya no
habrá segunda oportunidad. Mañana no habrá mañana. El alba se comerá mí
pasado y mí futuro, acabará todo ―exclamó juntando las manos como si
fuese a rezar―. Me estarán esperando en el corredor y por el camino
veré todos los sueños truncados, aquellas posibilidades que nunca tuve,
mi madre llorando, la chica de la cafetería Charly's, y el mar...
―¿Has pedido ya tu último deseo?
Sollozó.
―Sí, lo he solicitado por escrito, como regula el
reglamento. Conozco las normas ¿sabe?
Se frotó las muñecas y pude distinguir las marcas
que los grilletes de acero dejaron en su piel.
―¿Hay algo que pueda hacer por ti?
Miró de nuevo el faro.
―¿Llueve? ―preguntó mordiéndose el labio inferior
como si se lo quisiera arrancar de cuajo.
―Llovía cuando vine ―le dije― pero hace rato de eso
y no sé si ha parado ya.
Pablo arrimó el oído a la pared de la celda
intentando escuchar el
repiqueteo del agua en la marquesina de la prisión. Las gotas eran tan
débiles que apenas se distinguían a través de los barrotes.
―Creo que aún llueve ―dijo.
Pasó la mano sobre el póster.
―¿Podría hacer algo por mí?
―Sí ―asentí― si está en mi mano.
―Vaya esta noche al parque central, debajo de la
fuente del Ángel.
Allí la hierba es verde y la arena roja. Hoy, estará húmeda. Recoja un
poco de tierra y póngala en un recipiente. Es igual donde sea, una
bolsa de plástico valdrá. ¿Hará eso por mí agente?
Asentí con la cabeza.
―Démela mañana antes de que entre en el corredor de
la muerte. Antes de que el alba despunte el cielo. Antes de...
Y se echó a llorar de nuevo.
―¿Para qué Pablo? ¿Para qué quieres la tierra?
―Para olerla agente. Sólo quiero oler una pizca de
tierra mojada antes de morir.
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